En Polinesia, abrumados por la diabetes

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Los turistas que visitan las pequeñas islas del Pacífico suelen reconocer que son idílicas. Eso creen también los que añoran hacerlo. Sin embargo, su belleza natural contrasta con el estado de salud de un porcentaje alto de sus habitantes nativos. La prevalencia de diabetes tipo II en la Polinesia francesa, la Micronesia o las Islas Marshall varía entre el 25 y el 37 por ciento. Son cifras impresionantes.

Algo más cerca de Europa, en el Oriente Medio, las cosas tampoco son mejores. El 24 por ciento de la población de Arabia Saudita es diabética. Kuwait, Omán y Qatar también tienen valores similares. La diabetes es una pandemia de enormes proporciones con tantos efectos secundarios que se ha convertido en el pilar sobre el que asienta la razón de muchas de enfermedades serias. Disminuir el número de diabéticos y controlar con rigor a los que ya lo sean significaría reducir la tasa de infartos de miocardio, accidentes cerebrovasculares, amputaciones, insuficiencias renales terminales y cegueras. Además, desde hace pocos años, a esa lista de patologías graves que se relacionan estrechamente con el mal metabolismo de la glucosa, se ha unido otra de las grandes amenazas que tiene una sociedad que está envejeciendo: la demencia.

La semana pasada se celebró en Doha (Qatar) la II Cumbre Mundial de Innovación en Salud. (WISH Qatar, en su acrónimo inglés). Es un evento sanitario muy diferente a los que se suelen llevar a cabo constantemente en muchas partes del mundo. Es, claramente, un congreso médico atípico.

En Doha se dan cita algo más de mil expertos en temas de salud de 85 diferentes países del mundo. Los elige la Fundación Qatar. Allí se discute sobre conceptos sanitarios en los que hay que innovar cuanto antes mejor para mejorar la salud de todos los habitantes. Da igual que se viva en Madrid o en Johanesburgo, en Nueva York o en Manila, en Bombay o en Nairobi. En todos esos sitios, la demencia, los accidentes de tráfico, los errores médicos, el acceso a las terapias del cáncer -son algunos ejemplos solo-, dan problemas similares. En el Palacio de Congresos de Doha, en diferentes aulas, y de forma paralela a veces, se discute sobre informes que han sido previamente elaborados por el Centro de Innovación Global en Salud que tiene el Imperial Collegue de Londres. Lo dirige un cirujano británico, Ara Darzi, una eminencia que hace años fue nombrado Lord de su Majestad.

Este año, de forma recurrente -ya que en el primer WISH de finales de 2013 también se habló del tema-, se discutió de diabetes. Se entiende la insistencia en abordar esta patología una vez más, puesto que Qatar es, junto con otros varios países árabes, uno de los lugares con más prevalencia de la enfermedad.

Quizá parte de la razón de la diabetes tipo II tenga que ver con la genética, ya que puede que haya mutaciones más frecuentes del genoma en ese área geográfica, pero lo que ha hecho que la patología se dispare allí y en otros muchos sitios no ha sido la peculiaridades del ADN en Omán o en Arabia, sino los hábitos de vida. Se ha pasado de la una actividad física relevante a diario de la gente, a un sedentarismo casi total. Se ha cambiado la dieta mediterránea por la comida basura y por los platos preparados industrialmente, en la que abundan los hidratos de carbono simples y el azúcar refinado. Los refrescos llenos de calorías azucaradas atraen sobre todo a los niños.

Los datos son tajantes. Hay ya 380 millones de diabéticos en el mundo y 180 millones de ellos ni siquiera lo saben. Es una enfermedad silenciosa hasta que las complicaciones, con mala solución, aparecen y acaban provocando cinco millones de muertos en el mundo. Lo trágico es que la mitad de los fallecimientos ocurre en personas de menos de 60 años. Su coste económico anual es casi incalculable.

Al contrario que muchas otras patologías, con tratamientos complejos y no siempre eficaces, se sabe muy bien qué hacer con la diabetes. Las guías son clarísimas. Las terapias, baratas.

Sin embargo, lo que no se consigue es concienciar a las autoridades y, sobre todo, a la población, en que hay que dotar y coordinar los planes frente a la enfermedad y -fundamentalmente- trabajar muy a fondo en su prevención. Ayudar a promover la salud, algo que va más allá de un único ministerio de Sanidad. Ocupa a algunos más.

Hay voces autorizadas que opinan que se debe legislar como se ha hecho con el tabaquismo y que hay que convencer a la sociedad de que la diabetes es la antesala perversa de muchas enfermedades graves y dolorosas. Entre ellas, una de las que preocupa más a casi todo el mundo, la demencia. Es fundamental que toda la población sepa que la diabetes tipo 2 es algo casi siempre evitable.

Fuente: elmundo.es

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