
Al no poder controlar en principio la diabetes de María Alejandra, la orden fue no salir en Carnaval. Tenía el azúcar demasiado elevada y no se podía arriesgar a esas jornadas en la Vía 40. “Eso es lo que me hace sentir viva”, dice. La solución entonces fue un acuerdo entre su familia, su equipo médico y ella. “Desfilé con supervisión médica, con dudas, pero sabían que eso me hacía feliz. Mi papá decidió acompañarme”.





